17 julio 2005

Beber y beber y beber...


Resulta que el libidinoso despertador de la feminísima militancia pepera ha decidido contraer matrimonio con una diputada del PSOE por Cataluña. De repente todo es maravilloso, las supuestas barreras políticas que separan a las dos grandes cabezas de este país se desdibujan para que los jóvenes amantes se den la mano y puedan contraer matrimonio, dejando atrás ideología, formas de pensar y maneras de vivir. Porque hasta ahora había supuesto que la carrera política es de algún modo condicionante en el desarrollo de tu día a dia o de tu perspectiva vital; siendo así para la militancia de base, empeñada en desarrollar de una manera coherente sus principios en la praxis que es al rutina de cada uno, ¿por qué iba a ser menos para los que se dedican a ello profesionalmente?
Pues no. Eso de las rencillas ha quedado relegado, obsoleto, para mandarlo al desguace o directamente al carajo. ¿Hace cuántas décadas deberían estar enterradas? Los más atrevidos señalan años y día; las almas descarriadas no se pillan los dedos aventurándose a dar un número, solucionándolo a partir de otros métodos más elegantes. Es el caso de la Rahola, el colmo de la elegancia y el buen gusto, que noche sí, noche también, se sienta en la no menos elegante mesa de Crónicas Marcianas a soltar paridas sobre temas punteros. Entre aires intelectualoides y feministas venidos a menos, solo se le ocurre decir respecto al futuro enlace que "en una cena, con una botella de buen vino, no hay ideología". Qué romántico. Qué tierno. Y qué casualidad poner la televisión en ese preciso instante, haciéndome testigo pasivo de una afirmacion tan poderosa que en cuestión de meses se hará máxima universal: dónde haya un buen Ribera del Duero, que se quite ideología Que no principios, ojo. Queda claro que si tu pareja justifica leyes de inmigración deshumanizadas, decretazos, guerras preventivas,algún otro golpe que estado en el Cono Sur de América Latina o inversiones de capital extranjero en países maltratados por la inanidad y la pobreza y a tí te hierve la sangre reventándote la horta, cuenta hasta tres y respira. Después busca aquel Lambrusco helado y sirve dos copas para refrescar el ambiente y así vuelva la tranquilidad al confortable hogar. Las diferencias se disiparán. Y es que no hay nada para el amor como un buen vino... Yo lo haría. Bebería mucho en ese caso. Pero para emborracharme y olvidar.

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