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Cenicienta nunca demandó al Príncipe

Cenicienta, tras un mágico cambio de look cortesía del hada madrina (precursora histórica de los asesores de imagen), acudió al gran baile. Se tuvo que marchar temprano, pues no quería perder el último carruaje que la llevaba de vuelta a casa y tener que volverse andando o en taxi. Pero dejó dos cosas tras de sí: un zapatito de cristal (seguramente unos Manolos, maldita Sexo en Nueva York) y un hombre enamorado muchos recursos y más tiempo libre aún (es un príncipe, no es que trabajar sea una rutina en su vida...). Sólo con ese zapatito tendría que localizarla, quizás hubiera sido más sencillo si le hubiera dejado su número de teléfono, aunque no hizo falta. Pues la encontró y puso el zapatito, fueron felices y comieron perdices como todo el mundo sabe.

Volvemos a nuestro presente y nos encontramos de bruces con esta noticia. Un hombre enamorado (eso dice él) condenado por acosar a una mujer durante varios meses expresándole sus sentimientos. Durante unos ocho meses la persiguió con el relato de su amor (un amor claramente no correspondido). El hombre no cejó en su empeño, con cada rechazo parece que se reforzaban sus intenciones. Se compró incluso una oficina enfrente del banco en el que su amor ejercía de directora para poder ver cuando no había clientes y acercarse a hablar con ella, para observar cuando se tomaba los descansos para tomar el café o para simplemente mirarla en la distancia sumido en profundas ensoñaciones. El pobre diablo puso todos sus esfuerzos, pero tuvo un gran error de base en sus razonamientos: ella dijo NO, ella no quería ser su Cenicienta, no quería formar parte del cuento que él le ofrecía. Quizás no quería un príncipe azul que la persiguiera, o si lo quería, él no era su elegido. Por más que hiciera, por más que intentara, ella no quería. Lo que podría ser interpretado como "romántica insistencia" es más bien un acoso premeditado. Un acoso que incluso obligó a la sufrida directora del banco a pedir el traslado para evitar a su no deseado enamorado. Y es que, hoy en día, la diferencia entre el romanticismo exhacerbado (ese que vemos en las películas y cuentos de hadas) y el acoso es una línea muy muy delgada. Hay que tener más vista que este personaje en cuestión para distinguir la línea.

Reconozco que me has sorprendido. Me has mostrado al Pedro que no conocia.

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