30 agosto 2006

Piratas del Caribe

Hace ya tres años que Adri me empezó a dar la tabarra con Piratas del Caribe. La verdad es que siempre dejo este tipo de películas para el Festival de Cine Fantástico, donde me pongo tibia de cuchilladas, sangre, saltos imposibles y rostros orientales que a veces se reunen en un hilo temático abarcando toda la semana. A veces reduzco tanto el cine de aventuras a esos siete días, los vivo con tanta intensidad (mañana-tarde-noche), que el resto del año quedo exhausta y ver un teléfono sonando y descolgado por una coreana me da mareo. Pues bien, hace tres años como venía diciendo, hice la gran excepción y después de que este amigo me hablara vía internet de la exquisita actuación de Deep, ser camaleónico donde los haya, y del subidón de adrenalina que aportaba la cinta, me acerqué a uno de esos multicines tan grandes y tan impersonales que tan poco me gustan. Este género estaba casi en extinción y quitando pequeñas puntilladas como La isla de las cabezas cortadas, podríamos decir que casi olvidado.
Me pilló completamente desprevenida, mirando hacia otro lado, algo despistada. Ahora estoy muy agradecida a Adri por ayudarme a salir de mi testarudez continua y dejar de lado esos prejuicios estúpidos que me hacen dejar de ir a ver cine comercial por considerarlo pésimo de antemano. Es verdad que la primera parte de la película no fue tan sonada en los medios, como mucho reseñas a la atracción del mismo nombre de Disney World y pare usted de contar. Muchas de las personas que ahora han ido a ver la continuación no conocen la primera parte y quizás sea eso uno de los motivos que los hacen desproticar a diestro y siniestro sin que yo llegue a entenderlo muy bien. Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra
se me antojaba como una película de aventuras que reune lo mejor de los clásicos: combates, espadazos, caidas, barcos, risas, una pizca de sentimentalismo -nunca viene mal del todo- , tesoros ocultos e islas donde el ron se bebe sin parar en noches de ronda de ladrones de alta mar. Pero sin duda destaco la banda sonora de Klaus Badelt que se torna como auténtica protagonista en alguna de las escenas. Pertenece a ese tipo de películas donde las palomitas apetecen más que nunca y te acoplas a la butaca perfectamente, porque mientras asistes al espectáculo eres sabedor de que ahora estás viendo CINE, esa sensación que por desgracia no se repite hoy en día tantas veces como debiese.
No voy a hacer una crítica objetiva, ni siquiera voy a dar mi opinión y juzgar la segunda parte. Simplemente lanzar una queja por todo lo que vengo leyendo de un tiempo a esta parte sobre Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto.
Desde Mayo he estado pendiente de su estreno, he ido viendo distintas fechas, estaba como loca. Si la primera parte me había encantado la segunda no iba a ser menos. Fuí a verla sola, no esperé a nadie, llevaba tanto tiempo espernado el momento que no fui capaz de aguantar un día a que algún amig@ me acompañase. Precisamente hacía terral (los malagueños saben de que hablo) pero me dio igual; incluso me salté los fuegos de inauguración de la Feria ´06.
Y he aquí mi conclusión, sin querer desvelar nada: me volvió a encantar. El exceso de metraje y quizás falta de empatía con algún personaje más perfilado en esta segunda ocasión son las puntillitas que puedo ponerle, pero en general me dio lo que fuí a buscar: una película de aventuras con situaciones algo disparatadas que hagan meterme dentro de la historia. ¿Escenas imposibles? Pues sí, pero para ver cine social y documental hay otro tipo de películas y directores. Quería distracción y adrenalina durante dos horas y media y lo ha conseguido. Si hay alguien que se haya dormido en la sala es porque en su casa no descansa lo que debiera, porque sólo las subidas de la banda sonora despiertan a muerto.

Me da que va a pertenecer a ese grupo de películas que sólo podrán ser merecidamente bien valoradas con el pasar del tiempo.

22 agosto 2006

El acabose

Ay.

Finiquitado la mejor semana del año, siempre saco las mismas conclusiones a finales de Agosto, y es que nosotros, los malagueños, estamos 354 días pensando en los nueve de feria que vendrán. Nuestra Noche Vieja debería recolocarse en la tercera semana de este mes, precediéndole ocho de fiesta sin nada que lo interrumpa.

Málaga se paraliza. Es un paréntesis físico. Las playas de San Andrés, donde no cabe un alfiler (literalmente) desde mediados de Junio, se vacían; el Mercadona multiplica por vetetúasaberquénúmero sus pedidos de Cartojal que, por cierto, este año venía en plástico duro evitando así que muchos se abran la cabeza sin querer en plena feria del Centro; en cualquier lado el tema estrella es la feria, si estamos poco o muy cansados, los trajes, las biznagas, los abanicos, la hora en que te acostaste, las casetas que han cambiado y se escucha flamenquito, mucho. Y Paquito el Chocolatero.

Me gusta la feria porque me gusta el reguero de olor a biznagas que dejan los que las vende. Es algo que me vuelve loca y que siempre espero ansiosa, como si tuviera miedo a que de un año para otro se perdiese esa costumbre de florear la calle de la Trini con mi flor favorita. Me gusta ver como hay gente que las luce con el arte que solo alquien de aquí puede tener (perdónenme foraneos). Me gusta porque todo se multiplica, la alegría es una constante a ritmo de bulerias y soleás, de clásicas rumbitas y la canción del verano de turno.
Los cacharritos, cualquier cosa que vaya rápido y te ponga pies arriba, cualquier cosa en la que antes de subirte te haga pensar: "¿vomitaré?". Eso me mola. Sobre todo a ritmo de Camela.

Este año me ha dejado un buen sabor de boca. Como el regustillo del café Santa Cristina mañanero, que te empuja a tomarte otro más en cualquier bar donde los camareros lleven mandiles de lunares blancos en un fondo rojo, el mismo en el que la noche antes te pusiste tibia de cazón y pintarroja. Todo han sido bailes y risas de mojito y ron cubanos, gofres, rociás de madrugada, playa, cerveza y gente.

Buena gente.

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